Si la fobia social se caracteriza por un temor exagerado a relacionarse públicamente, el ejercicio del teatro puede llegar a ser un acto liberador para todas esas personas que la sufren, ofreciéndoles la oportunidad de vencer la angustiosa sensación de incapacidad para las relaciones sociales. El teatro, de este modo, cumple una función terapéutica, afín a sus antiguas capacidades catárticas, agoréuticas o ditirámbicas, aunque yendo un grado más allá a nivel de compromiso: Se trata de darle una oportunidad a los individuos con dificultades sociales, la oportunidad de vencer sus obstáculos desde el ejercicio de la interpretación.

No es necesario meterse en el papel de un personaje, basta con hablar de uno mismo en público y obtendremos un anténtico actuante, atenazado por sus inseguridades, con el habla entrecortada, con problemas -incluso- para decir algo sin coletillas, con constantes interrupciones o equivocaciones, pero auténtico. Un actuante auténtico, eso es lo que buscamos.

¿Pero qué sucede cuando el miedo social no es producto de un retraimiento sino de una pertinaz y consciente manipulación social? Constantemente vemos cómo los medios de comunicación, grupos de poder y personas con influencia sobre una buena parte de la población, ejercen su labor de “meter el miedo en el cuerpo”, para que la sociedad como tal involucione, o simplemente no evolucione hacia aperturas atrevidas, renovadoras y que pudieran escapar del control de quienes desde hace mucho tiempo nos controlan -queramos admitirlo o no-. Hablamos de un miedo social teledirigido, e implantado sobre todo en los grupos más indefensos: trabajadores precarios, hipotecados económicos o culturales, indefensos de todo tipo y de todas las clases sociales.

El teatro, en este último caso, tiene la oportunidad de canalizar ese miedo hacia la expresión de vencimiento. Frente a las normas de cumplimiento que obligan a ejercer de ciudadanos amedrantados, los nuevos actuantes de este teatro social extremo actúan en el espacio público para desatar sus frustraciones y abrir la esperanza liberadora de emociones, una vez superadas las ataduras de las convenciones. Surge así un teatro de actuantes de la verdad sentida y no consentida, que como aquelllos que describíamos, pueden estar atenazados por sus inseguridades, con el habla entrecortada, con problemas -incluso- para decir algo sin coletillas, con constantes interrupciones o equivocaciones, pero libres. Un actuante libre, eso es lo que buscamos.

Julio Fernández Peláez

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