Hay algo que me trae de cabeza algún tiempo, y es la facilidad con la que los actores contemporáneos pasan a ser productores de mensajes al servicio de directores invisibles y extraños dramaturgos que no se sabe dónde viven.
Por norma, quienes “montan” el espectáculo, se ufanan de ello, e incluso reciben Max, Goyas, Oscar, etc. a la mejor producción, a la mejor dirección, etc.
En cambio, si en algo se caracteriza esta sociedad teatral en crisis es que los únicos personajes visibles son aquellos encarnados por los actores, es decir, por los gestores que adoptan el papel de realizadores de la gran farsa mundial: Políticos en su mayor parte.
Estos actores, unidos a los directores por indescifrables y larguísimos hilos imposibles, aseguran “verse obligados a hacer”, es decir a operar según el papel marcado, como buenos actores.
Nada es de su responsabilidad. La responsabilidad recae en el personaje que sigue la “letra” del mercado, y por eso pueden corromperse y hacer lo que les pete. Es como si no tuvieran aún la mayoría de edad, o mejor aún, como si el que cometiera el delito fuera el personaje que habita en ellos, y no ellos.
Los demás habitantes del mundo, los que somos público, y que sufrimos su pésima actuación, ni siquiera podemos tirarles tomates. Viven protegidos por una impenetrable cuarta pared, que es como llaman ahora a los medios de comunicación dominantes.

 

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