………. É TEATRO

……………………..unha fiestra aberta ao teatral

PINA BAUSCH 2009/07/06

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A coreógrafa e bailarina alemá Pina Bausch, unha das principais figuras da danza contemporánea, faleceu de cancro onte aos 68 anos o pasado 1 de Xullo. Pina Bausch faleceu dunha morte repentina e rápida, cinco días despois de que se lle diagnosticase un cancro. Pina Baush, cuxo verdadeiro nome era Josephine Bausch, naceu en Solingen, Alemaña, o 27 de xullo de 1940. Estudou co coreógrafo alemán Kurt Jooss e perfeccionouse en Estados Unidos. Dirixiu prestixiosas compañías de ballet, traballou como actriz en “E a nave vai” de Federico Fellini e en “Fale con ela” de Pedro Almodóvar e rodou o filme “A queixa da emperatriz”.

CREACIONES.

  • Fragment, 1961
  • Tannhäuser. Venusberg Ballett, 1972
  • Ifigenia en Táuride, 1975
  • Orfeo y Eurídice, 1975
  • Consagración de la primavera, 1975
  • Los siete pecados capitales, 1976
  • Barbarroja, 1977
  • Café Müller, 1978.
  • 1980, 1980
  • Viktor, 1986
  • Nelken (Claveles), 1982
  • El lamento de la emperatriz, 1990, película.
  • Palermo Palermo, 1989
  • Danzón, 1995
  • O Dido, 1999
  • Wissenland, 2000
  • Aqua, 2001
  • Für die Kinder von Gestern, Heute und Morgen, 2002
  • Nefés, 2002
  • Ten Chi, 2004
  • Rouh Out, 2005
 

LA TEMPESTAD, de Shakespeare, ANÁLISIS DE ACCIONES. 2009/07/05

Gardado en: teoría teatral — ortaet @ 11:05 am
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LA TEMPESTAD,

de Shakespeare

LÍNEAS DE AJEDREZ

Julio Fernández Peláez.

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En La tempestad, de Shakespeare, la obra empieza a través de un incidente: el naufragio de un navío en medio del mar.

A partir de este desencadenante, Shakespeare expone la situación de partida. En el barco viajan gran parte de los personajes de la obra, casi todos ellos pertenecientes a la nobleza. Próspero, habitante de una isla cercana se declara artífice del naufragio.

A continuación conocemos la situación previa: Quienes viajan en el barco son los responsables de que Próspero perdiera hace doce años el gobierno del ducado de Milán. Entonces, Próspero –junto con su hija Miranda- fueron abandonados en plena mar, y sólo gracias a la fortuna pudieron alcanzar la isla donde se encuentran. Aunque no se menciona el tiempo dramático en el que ha de situarse el lector, se supone que se trata de un acontecimiento próximo, perteneciente al pasado cercano en relación a la escritura y estreno de la obra[1].

Esa isla –lugar en la que va a desarrollarse toda la acción dramática- no es cualquier isla en medio del mar[2]. De manera retrospectiva, Próspero nos cuenta que en la isla habitaba la bruja Sicorax, la cual tenía preso a Ariel (representación del viento y de las fuerzas misteriosas de la naturaleza)[3]. Pero Próspero tampoco es un ser corriente, está dotado de misteriosos poderes que en su día fueron capaces de someter y dar muerte a Sicorax. Así fue, también, cómo Ariel fue liberado, y Calibán –el hijo de Sicorax- adoptado y educado, aunque de forma “infructuosa”[4].

Si bien perviven lagunas con respecto a esta situación de partida[5], lo cierto es que en pocas páginas se nos presentan todos aquellos elementos que van a generar la principal línea de acción: La venganza de Próspero.

En torno a esta venganza se desarrollará la trama argumental, y en consecuencia la intriga: ¿Conseguirá Próspero vengarse de sus enemigos?

Pero antes de iniciarse la trama, Próspero (en cierta manera atribuyéndose la función de dramaturgo implícito) despliega sus artimañas de manera que quede allanado el camino.

En primera instancia ordena la situación de manera que los personajes permanezcan aislados en bloques. Por un lado, ha separado a Fernando del resto de la nobleza, con una primera intención: que el rey de Nápoles (junto a Antonio fue el principal instigador contra Próspero) crea que ha perdido a su heredero (y que el hijo crea que ha perdido a su padre), y una segunda que se desvelará pronto: que Fernando se encuentre con Miranda. Por otro lado, hace que Ariel desvíe el navío hasta una oculta cala para que el resto de la flota crea que el naufragio ha sido efectivo, y a continuación “desembarca” a la nobleza en la isla, supuestamente en busca de víveres[6]. Y por último, él mismo junto a su hija, se mantiene en un lugar privilegiado, desde el que puede atisbar y manejar a su antojo al resto de los personajes[7].

Como vemos, hasta este momento, han predominado las acciones aludidas o ausentes, aquellas que implican un recorrido físico a través de la isla (la cual, evidentemente ha de ser mayor al escenario de representación) y aquellas que pertenecen al pasado (y que en gran medida constituyen el meollo del conflicto[8]), además de esas otras sugeridas o latentes que conforman en gran medida el universo de la acción mágica (la tempestad misma que Ariel desencadena).

Pero mediante el encuentro de Fernando y de Miranda, la acción escenificada cobra fuerza, como no podía ser de otra manera para un momento de exaltación romántica donde los deseos del padre se ven cumplidos casi al instante (en un mundo/isla donde todo parece ser posible).

Esta situación de encuentro entre ambos marca un corte dinámico, un suspense, y actúa en sí misma como desencadenante de nuevos conflictos de cara al espectador que dejarán a este inquieto, lleno de incertidumbre, sabedor de que la decisión de Próspero es en sí misma contradictoria (no olvidemos que Fernando es hijo de un enemigo de Próspero). Estamos hablando entonces de detonante, de suceso catalizador, pero siempre desde un punto externo, en gran medida ajeno a la línea principal de acción.[9]

Si hasta este momento podíamos hablar de Prótase, hablaremos a partir de ahora de Epítase, si bien con matices, pues no es el orden establecido por Próspero[10] lo que esta situación altera sino el orden lógico, la coherencia interna de la obra –lo que en términos aristotélicos podríamos llamar verosimilitud-.

Por otro lado, y simultáneamente, el resto de nobles transitan por la isla conversando. El rey cree haber perdido a su hijo para siempre. A través de esta conversación se desvelan sus personalidades: unas nobles, otras irónicas, otras crueles. (Sebastián le echa en cara a su hermano el haber abandonado a su hija en brazos del rey de Túnez).

Esta simultaneidad en escenarios diferentes que sin embargo acontecen en el mismo espacio teatral propiamente dicho se repetirá en varias ocasiones a lo largo de la obra y será lo que confieran a la misma un carácter unitario, en la que la estructura –a pesar de sus constantes aperturas y desdoblamientos- permanecerá unida en todo momento, como si de una única acción se tratara, a pesar de todas las tramas secundarias que se irán desencadenando.

Así –influidos por el espíritu de Ariel, que a su vez es el alter ego de Próspero-  los personajes secundarios comenzarán mentalmente a ejercer sus intrigas, movidos por la ambición y por el propio «atractivo salvaje» del acto de asesinar, y en consecuencia se desencadenarán sus internas luchas de conciencia (o de falta de conciencia) dando lugar, en todo caso, a acciones secundarias de carácter rizómatico, casi urdidas desde una falta de control y que Ariel tendrá que enmendar antes de que produzcan una indeseada catástrofe.[11]

Como vemos, al margen de la estructura principal, La tempestad está dominada por acciones interconectadas que no siempre se dirigen de forma directa hacia donde apunta la intriga, que recordemos no es otra que efectuar una estudiada venganza por parte de Próspero. Es esta falta de linealidad, sin duda, una de las características más atractivas de la obra, al efectuar un constante circunloquio en los acontecimientos para conseguir atrapar al espectador dentro de diferentes grados de textura y alquimia.

En efecto, mientras el amor está a punto de triunfar en una parte de la isla, Ariel enreda las conversaciones del grupo de Calibán y crea irrealidades tangibles en los hambrientos nobles[12].

Este artificio dramático que antecede al punto culmen de la obra (no olvidemos el ambiente palaciego en el que será representada en su día La tempestad) no sólo tiene como objetivo dilatar el tiempo de espera, incrementar la ansiedad ante lo que el público cree que va a suceder, implica también la creación de alegorías de deseo, a través de las cuales el espectador podrá obtener una lectura transversal y polisémica de la obra. Ni el divertimento ni la magia son gratuitos, por un lado atrapan al espectador dentro de la ficción y por otro muestran los peligros de esta misma fantasía llevada a cabo con despreocupación y sin mesura. Las acciones parecen de esta manera tener un doble fondo, cuando este se destapa aparece la moralidad, la ética o la cordura con sus sempiternas voces[13].

Cuando aparecen Juno, Iris y Ceres (que es el propio Ariel) para realizar el festejo del pacto de amor entre Fernando y Miranda, la venganza ha dejado de tener sentido ya. De pronto, como lectores/espectadores comprendemos que a pesar de todo lo ocurrido, y de las valiosas razones para la venganza que pueda tener Próspero, lo cierto es que el estado general es la irreflexión, la falta de conexión lógica entre los acontecimientos, y el triunfo de la fantasía frente a lo verídico. En consecuencia, poco importa si al final, no es la venganza el objetivo final. La desdramatización es evidente, y en términos técnicos podríamos decir que el suspense ha perdido su valor significativo como constructor del argumento.

Como espectadores advertimos que frente a la próxima boda de su hija, los pensamientos de Próspero se relajan. A partir de ahora –como se demostrará en la manera aparentemente indeliberada de llegar al desenlace- el objetivo ya no será la venganza, sino el perdón.

Sin embargo, antes de llegar a este perdón, aún tendrá Próspero que resolver una línea de acción –que sin su consentimiento- Calibán ha iniciado[14]. Para ello realizará un último juego de magia con grandes tintes simbólicos: La trampa que prepara a Calibán y sus secuaces no es otra que el traje de virrey, que adornado en plata, Trínculo y Esteban no podrán rechazar. Los espíritus (personificados en perros) persiguen a estos hombres de baja estirpe a la orden de “¡plata!”, como si el peor pecado que pudieran cometer no fuera atentar contra la vida de los poderosos sino desear poseer sus trajes y riquezas.

Llegada la hora del perdón, y cuando el público comprende que también es el momento del desenlace, Shakespeare subvierte de nuevo los órdenes de la coherencia narrativa para establecer una metáfora como llave que abre la puerta del laberinto y que permitirá salir a todos los personajes de la isla (de esa isla que no ha sido otra que la ficción en la que Shakespeare se ha encerrado junto a su personajes y los espectadores presentes). Veamos: Próspero traza un círculo. En él, y de forma ceremonial van entrando Ariel, Alonso, Gonzalo, Sebastián, Antonio, Adrián y Francisco. Dentro del círculo, estos personajes son hechizados. Después de ensalzar la bondad de Gonzalo y la maldad de Alonso, Próspero desvela su identidad. Ariel ayuda a vestirse a Próspero como Duque de Milán. Pero los nobles dudan de lo que está ocurriendo sea realidad, y Próspero decide demostrar la realidad a través del perdón.

Quizá sea este el último mensaje de Shakespeare. Al fin y al cabo, ya intuíamos que La tempestad no era sólo una recreación de una isla imaginaria en la que las fuerzas de la naturaleza son dominadas por el hombre, ya intuíamos que el constante desdoblamiento entre realidad y ficción no podía sino traer consecuencias traumáticas en ambos sentidos (la realidad mundana queda en evidencia, de la misma forma que la fantasía romántica se desvanece al apartar la vista de la isla). De hecho, La tragedia de la propia realidad, la que atenaza a todos los seres humanos a través de las miserias, las ambiciones y las injusticias, ya existía de forma real antes de que la isla mágica fuera descubierta, y la única manera –para Shakespeare- de regresar a ella en paz es a través del perdón, capaz de confraternizar con el lado bondadoso del ser humano y de devolver a la naturaleza salvaje lo que por ley le pertenece.

¿Pero es el perdón la única puerta de salida de la isla? Como a través de un juego de veladuras, Próspero muestra a Fernando y Miranda jugando al ajedrez[15].

Finalmente ha llegado la hora, Ariel es liberado en el tiempo prometido, que no es otro que el tiempo de representación[16].


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[1] Es posible que esta obra esté inspirada en un hecho real acaecido pocos años de su escritura (nos referimos al naufragio del barco Sea Venture en las islas Bermudas, acontecimiento relatado por uno de sus supervivientes: William Strachey)

[2] Con respecto a la configuración de la isla como lugar ideal, algunos autores han querido ver una relación entre esta pieza y Utopía, de Tomás Moro.

[3] Aunque Shakespeare omite este detalle, Sicorax era por tanto la dueña de la isla, y su pequeño hijo Calibán su legítimo heredero.

[4] El autor incide especialmente en el hecho de que Calibán fuera esclavizado por culpa de su actitud: al intentar violar a Miranda.

[5] ¿Cómo es que teniendo tantos poderes mágicos Próspero fue sometido y despojado de su trono?, ¿robó estos a poderes a Sicorax?, ¿cómo es que Calibán no participa de ellos?, ¿es la “naturaleza” de Calibán lo que le empuja a ser un salvaje?…

[6] También a través de este dato encontramos una cierta contradicción, pues hallándose construida la obra en tiempo real (el tiempo de acción es el tiempo de representación), es difícil imaginar que tan pronto los navíos de la flota abandonen la zona, o que tan pronto sientan los ocupantes del barco la necesidad de pasar a la isla. Para explicar esta compresión del tiempo sin recurrir a la elipsis (lo cual invalidaría la tesis de que acción y tiempo de representación confluyen) tendremos que remitirnos al contexto mágico en el que Shakespeare decide colocar toda la acción de La tempestad.

[7] Tanto en la forma de presentar el desencadenante, como a la hora de “hacer efectiva” la trama, Próspero y su hija mantienen un status privilegiado como espectadores virtuales dentro de la obra. Desde un punto de vista estructural podríamos decir que acontecen desde un principio dos representaciones: la que el espectador ve y la que Próspero maneja. Estaríamos entonces ante una concepción de drama teledirigido desde su interior, en una especie de metateatro real (dentro del contexto dramático) que es manipulado por las fuerzas de la imaginación (el teatro que el espectador ve y el resto de los personajes “sufren”).

[8] Nos referimos a los motivos que llevan a Próspero a vengarse. Si el conflicto tiene que ver con uno mismo o con el medio que lo rodea, no parece que exista realmente un conflicto en el personaje de Próspero, quien parece estar muy seguro y decidido en todo lo que hace. Y sin embargo, tal conflicto existe y tendrá su desarrollo hacia el final de la obra, cuando Próspero decida actuar con perdón. El conflicto patente (no externo y referido al espectador), y como se verá medida que transcurra la obra, no está en los personajes principales (Próspero, Miranda o Fernando), sino en todos aquellos que intentarán conspirar contra los otros desde una posición de inferioridad pero con capacidad de usurpación (movidos por la ambición).

[9] Ni Fernando ni Miranda dudan de lo que sienten, su amor es tan inocente como espontáneo y limpio.

[10] También aquí tendríamos que añadir que, en gran medida, Próspero duda de su propio artificio pues al comprobar la efectividad de su arte se da cuenta de que esta facilidad puede traer consecuencias desastrosas: Si Fernando consigue a su hija de esta manera tan simple es posible que no la considere merecedora de su amor. De ahí la prueba o castigo que impone a Fernando, quien poco después aparecerá cargado con leña y volverá a encontrarse con Miranda para acontecer el enamoramiento definitivo.

[11] A través de los ojos de Sebastián, Antonio ve al que por ley debió ser el rey de Nápoles. Sebastián, por su parte, descubre en Antonio una profunda pesadumbre. Si Fernando ha muerto, heredará el trono la reina de Túnez –su hermana-. Es por esto que Antonio sugiere a Sebastián la posibilidad de que Caribel no sepa de la muerte de su hermano y por ende sea Sebastián quien herede el trono, siempre y cuando se anime a realizar una acción como la que él mismo realizó con su propio hermano. Sebastián se deja influenciar por esta falta de conciencia y acepta seguir el ejemplo de Antonio. Desenvainan sus espadas para matar a Alonso. Pero Ariel alerta de la conjura a Gonzalo, viejo consejero del rey. Todos despiertan. Fernando y Sebastián disimulan. Por otro lado, Esteban -un despensero borracho- y Trínculo –bufón- descubren a Calibán. Calibán les pide ser su siervo a cambio de mostrarles la isla. Ellos acceden ante la insistencia de Calibán, quien acaba convenciéndoles para lo que será un segundo intento de asesinato: el de Próspero a manos de Esteban, Trínculo y Calibán.

[12]Gonzalo, Alonso, Sebastián y Francisco caminan por la isla buscando comida. Una aparición les sorprende, se trata de un fabuloso banquete. Las figuras bailan alrededor de los nobles invitando al rey a comer. Cuando las figuras se van, dejan el banquete. Los nobles dudan de lo que han visto, pero la existencia de viandas es evidente. Sin embargo, no tarda en entrar Ariel, en forma de Arpía, hace desaparecer el banquete. Ariel les echa en cara su indignidad. Alonso, Sebastián y Antonio desenvainan. Ariel les recuerda entonces cómo echaron de Nápoles a Próspero. Ariel desparece con un trueno. Alonso, Sebastián, y Antonio se van en busca de la arpía con la intención de acabar con ella. Gonzalo trata de impedir que cometan una acción que acabe en “demencia”.

[13] No creemos que sea casual que justamente después de la escena del banquete virtual Fernando prometa respetar a Miranda antes de la boda, en un ejercicio de absoluta castidad.

[14] En un acto, quizá, de rebelión del lado salvaje frente a la razón, de lo conquistado frente al conquistador.

[15] De nuevo se establece un doble juego de espectadores, unos fuera y otros dentro de la obra. El ajedrez, por otra parte, símbolo de lucha y batalla queda supeditado a la “lógica” del amor.

[16] Como ya se ha apuntado, tenemos dudas de la existencia o no de elipsis dramáticas, pues el juego temporal que el dramaturgo impone bien podría ser sólo eso: un juego, un guiño irónico hacia el espectador.

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Descargar texto de  Shakespeare, William – La tempestad

 

ENSAYOS PRESENTACIÓN ESCÉNICA MEDIEVAL 2009/07/03

Gardado en: Artigos Historia do Teatro — ortaet @ 11:10 pm

Julio Fernández Peláez

DO RITO LITÚRGIO AO RETABLO PÚBLICO

É bastante lóxico pensar que na Europa unificada polo espírito cristián (esquécellenos que durante moitos séculos, ata que fosen masacradas, conviviu con outras relixións: a xudía e a cristiá) tamén o teatro tivese carácteres unificadores e unitarios. Unha raia (ás veces imaxinaria outras veces ben cimentada) separaba dúas culturas: a situada no sur, e a outra ao norte, a primeira máis evolucionada tecnolóxicamente que a outra, máis cidadá e culta, menos intolerante, menos retraída e con maior capacidade comercial.
Aínda que hoxe resulte chocante, a cultura da barbarie reinaba no centro de Europa tras a caída do Imperio, e no canto de asumir os retos tecnolóxicos, políticos e económicos iniciados en Roma, a cultura bárbara propón unha involución en todos os sentidos, e tamén unha regresión cara a aqueles trazos do pasado remoto que poderiamos relacionar cunha preexpresividad latente, un contacto permanente co mitolóxico e o ancestral, e unha pervivenza do máxico e o sacro.

3-PLAYERS-ENGLAND

Players, England, SXIV

Aínda que a medida que o cristianismo foi estendendo os seus tentáculos tamén foron minguando os lazos culturais cara a ese mundo antigo (que en gran medida conectaba en España co pasado castrexo, celta ou celtíbero anterior á romanización), o certo é que durante moitos séculos perviviu un gran primitivismo bárbaro no seo da Europa cristiá e este primitivismo foi asimilado -ou deformado, segundo enténdase- en beneficio das primeiras manifestacións litúrxicas. E á inversa, o litúrxico chegou a ser deformado grazas ao poder do histriónico e bufonesco, de maneira que entre o espiritual o ancestral chegaron a ser en non poucas ocasións unha mesma cousa. (É por iso que algúns autores atrévense a insinuar que non existe unha efectiva separación entre as manifestacións profanas e as litúrxicas).

Nunca saberemos que pasase en Europa de non existir unha firme intención unificadora a través da relixión. Para ben ou para mal, no mundo cristián imponse a lei da unidade, da cosmogonía espacial unitaria na que todo ten cabida a modo de gran retablo. O mundo é un, o mesmo para todos, e o único xeito de poder representar a complexidade dese mundo é a través da escena múltiple.

A realidade, máis que representada, é presentada simbólicamente, existe unha identificación total co obxecto escenificado, de igual xeito que a hostia é corpo e o cáliz sangre, a cruz tamén é Cristo ominpresente, e a imaxe non é imaxe senón a encarnación da figura, de maneira que todo aquilo que teña por nome María, José, os pastores, os anxos, etc. son en efecto María, José, os pastores e os anxos. Non hai motivo para a dúbida, aínda a propósito de que se trata de actores, eses actores no momento da escenificación son o “símbolo” que presentan, son a figura asociada aos seus nomes. É por iso que dicimos que o teatro medieval presenta, e non representa. O erudito profesor Luigi Allegri insiste no valor performativo dos actos litúrxicos medievais. Para Allegri [1996: 51 e ss], non existe unha representación no modo de interpretar dos oficiantes. E iso débese a que o actor sabe que os xestos non lle pertencen, que non é dono da súa propia expresividade, senón que esta responde á dun personaxe histórico e real, de modo que estariamos ante unha presentación deste personaxe máis que unha interpretación do mesmo. Seguindo a terminoloxía de orde brechtiano, o actor medieval non incorpora a incorpora ao personaxe.

A medida que o teatro litúrxico foi saíndo do espazo sacro da igrexa, é evidente que o seu inherente ritualidad foi evolucionando cara a trazos moito máis profanos, pero en esencia, a intención presentativa mantívose, aínda que atendendo ao gran desenvolvemento escnenográfico que adquiriron estas presentacións é lóxico que evolucionaran cara formas moito máis demostrativas.

Mentres o drama grego era esencial, lineal, concentrado nun tempo, un feito -unha épica- e un pensamento -un conflito- (en correspondencia cun mundo múltiple, politeísta, cidadán e diversificado que ha de ser comprendido desde o xeral ao particular), o drama medieval é difuso, extenso, atemporal, fragmentario e con todo tendente á expresión dunhas ideas (ou unhas crenzas) de carácter universal. Mentres que o drama grego basea toda a súa forza expresiva na palabra, o medieval é profundamente pictórico, as escenas non están movidas pola acción dramática senón pola acción visual e xestual. Non estamos ante actos propiamente devanditos, senón ante cadros. Máis que narrar, os actores mostran, ensinan, xesticulan, chaman a atención e explican os símbolos que ocupan eses cadros dos que falamos.

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EL ARTE ES ACCIÓN (Ministerio de Cultura / Centro Dramático Nacional) 2009/07/02

Gardado en: Performances, arte — ortaet @ 12:14 pm

Organiza:
Ministerio de Cultura
Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales en colaboración con el Centro Dramático Nacional

Comisario: Marcel·lí Antúnez Roca

Entrada gratuita_ Aforo limitado
Previa retirada en taquilla a partir de las 10:00 h

Más información_ http://www.mcu.es/MC/2009/ArteAccion/index.html
El Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y en colaboración con el Centro Dramático Nacional, organiza el II Encuentro Internacional El Arte es Acción, que se celebrará los días 2, 3 y 4 de julio de 2009 y que tendrá lugar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid.

El II Encuentro, comisariado por Marcel·lí Antúnez Roca, reúne por primera vez en España y en un mismo evento, una selección de los artistas más influyentes de la generación de la nueva performance creada y desarrollada a lo largo de los años noventa, cuya forma de producción artística ya no recaía sólo en el objeto y sus posibilidades de transacción sino que gravitaba en la presencia del artista. En esta nueva edición de El Arte es Acción podremos ver el trabajo de siete performers, todos ellos en plena actividad creativa, que han generado gran controversia y debate, pero a su vez han inspirado a nuevas generaciones de artistas y pensadores. Además de sus acciones en el escenario, o fuera de él, nos ofrecerán la posibilidad de acercarnos a esta disciplina artística a través del diálogo directo con el público, para lo que se han programado proyecciones de los mejores trabajos del los performers invitados y encuentros en los que el público podrá debatir abiertamente con los artistas.

 

NONETRIVIAL 2009/07/01

Gardado en: Performances, arte — ortaet @ 6:03 pm

Proxecto “Nonetrivial”

Este verán involúcrache nun xogo serio

O orixinal e inédito proxecto “Nonetrivial”, volve durante todo o mes de xullo

ás prazas e espazos públicos de Lugo.

O xoves 2 de xullo a partir das 12 horas desenvolverase novamente nas rúas Lugo una das experiencias lúdicas e participativas máis exitosas e inéditas de 2008. Trátase da instalación de Luz Darriba realizada conxuntamente coa Casa da Muller do Concello de Lugo que consiste na exposición pública do coñecido xogo de preguntas e respostas retomado desde a perspectiva de xénero e desenvolvido a escala macro. Este proxecto denominado “Nonetrivial” intenta redescubrir os nosos coñecementos sobre a vida cultural, a historia pasada e recente das mulleres, que ao longo do tempo foi silenciado ou ignorada. Por esta razón, están contidas neste mega xogo preguntas sobre as mulleres e a súa relación co deporte, as ciencias, a educación, a literatura, as artes áreas nas que se poñen a proba o noso coñecementos con relación á visibilidade do feminino. Por iso, “Nonetrivial” máis que un xogo constitúe un novo e orixinal desafío.

Por outra banda, tamén ten como obxectivo final espertar e potenciar o interese de homes e mulleres en torno aos problemas de xénero como: a violencia física, psicolóxica, simbólica, ou a desigualdade económica, xurídica, social, etc.

“Nonetrivial” é un traballo social e comunitario que propón en primeiro lugar un suscito lingüístico, buscando demostrar que os actos e os acontecementos en torno ao feminino non son en absoluto triviais e merecen un mellor posicionamento na axenda da política e da cultura. Por iso, “Nonetrivial”, idea tomada do tradicional xogo de mesa pero adaptada exclusivamente ao coñecemento sobre as mulleres instaura un desafío que está esperando da participación de todas e todos.

Cronograma de Nonetrivial

“Nonetrivial” desenvolverase nas seguintes prazas os xoves do mes de xullo.

xoves 2: Praza do Castiñeiro

xoves 9: Praza de Santa María

xoves 16: Praza Roxa

xoves 23: Praza dá Milagrosa

xoves 30: Praza do Seminario

As prazas da cidade serán utilizadas como un xigantesco taboleiro onde os e as participantes competirán para a obtención dos coñecidos “queixiños” que consagrará a gañadores e gañadoras.

Información sobre Luz Darriba

Luz Darriba, artista plástica multidisciplinar naceu en Montevideo, Uruguai; formouse en Arxentina e vive e traballa en España desde 1990.

Realizou máis de 250 exposicións colectivas, 40 individuais e recibido máis de 50 distincións internacionais.

Creadora de macroproxectos como Cumulum, (muralla de Libros, 600.000 libros ao redor da Muralla Romana de Lugo, 2000); Unha Porta cara á Cultura (envolvemento con 40.000 libros da Porta de Alcalá, Madrid 2001); Libres avec des livres (na Maison de UNESCO, Parides); Patchwork (farrapos pola non violencia contra as mulleres, Praza do Obradoiro, Santiago de Compostela, 2004); LIBing Room (Palau Moja, Barcelona, 2005); Prince Charming; Proxecto Sherezade; As mulleres tomamos as rúas; Luva negra, Luva Branca (Praza de Santa María, Lugo), Sinais (Intervención en semáforos, Lugo 2006); Palabras Máis (Obradoiro, Santiago de Compostela, 2006) Arakne, rede pola Igualdade (Kursaal, San Sebastián, 2007), LibroLibre, a educación das mulleres, Museo Pedagóxico de Galicia, Santiago de Compostela, Cuestión de xénero (No marco do Primeiro Congreso Latinoamericano sobre Trata e Tráfico de Persoas, Praza de Maio, Bos Aires, Arxentina, 2008), etc.

Ademais participa da revista virtual de xénero Foeminas www.foeminas.lugo.es

da Casa da Muller do Concello de Lugo; realizou as ilustracións do libro que contén o Primeiro Plan de Igualdade entre Homes e Mulleres do Concello de Lugo de cuxa construción participou.

 

QUE REVIENTEN LOS ARTISTAS, DE TADEUSZ KANTOR, ANÁLISIS SEMIÓTICO 2009/07/01

Gardado en: semiótica — ortaet @ 10:52 am
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Julio Fernández Peláez

MÁS ALLÁ DEL SIGNO

QUE REVIENTEN LOS ARTISTAS, de Tadeusz Kantor.

A partir de documento videográfico recogido por la TV polaca en 1987[1]
(TÍTULO ORIGINAL: NIECH SCZEZBA ARTYSCI).

kantor-que-revienten-los-artistas-

METODOLOGÍA DE ANÁLISIS

Según Erika Fischer Lichte, analizar una representación significa (re-) construir su orden fundamental para dar significado a sus elementos y un sentido a su totalidad[2]. Aunque el objeto de análisis está referido a un documento videográfico se presupone que en él se tenderá a englobar elementos comunes a la trayectoria artística de Kantor, teniendo en cuenta la importancia de esta obra en tal trayectoria, cuanto más al tratarse -en palabras del propio Kantor- de una compilación vital de su quehacer dentro de la escena contemporánea.

La recodificación externa, que necesariamente acontece desde el punto de vista del espectador -dentro de una constante labor de creación de formantes sígnicos-, no está exenta de subjetividad, pero se tratará en todo caso de entablar un diálogo con las referencias bibliográficas y los escritos que el propio Kantor dejó sobre su obra.

Nos servirá para ello el modelo semiológico estructural de Otakar Zish, en el que el texto forma parte de la representación, desatendiendo el origen textual  de la misma, que en este caso ni siquiera existe al tratarse de una pieza escrita a la vez que se ejecuta.  Si bien, y sobrepasando cualquier análisis de este tipo, se considerará como válida la proposición de signo de signos, establecida por P. Bogatyrev[3] en un interés por encontrar un código ideológico que nos ayude en la resolución del problema inicialmente planteado: el sentido de la totalidad.

En el proceso de observación nos dejaremos guiar por principios de la teoría ecológica de la percepción[4], que sigue un modelo de asociación de ideas para llegar a la construcción de ideas complejas. Los signos no son percibidos, en consecuencia, desde una actitud pasiva, tal y como tradicionalmente se estudian desde T. Kowzan, sino atendiendo a construcciones del propio perceptor en relación a percepciones relativamente sencillas de lo observado.

Aunque no se realizará una división de los signos estudiados, se entenderá, tal y como expresa J.A. Hormigón, que no hay posibilidad de signos unívocos en escena. El análisis sígnico contendrá implícitamente la subdivisión en equívocos (distintos significados), plurales (connotaciones con segundos significados)  y simbólicos (relación imprecisa con su significado)[5]. Si bien, se entenderá que todos ellos forman parte de un metasigno de carácter metafórico y que englobará a los tres anteriores. Este último constituirá, principalmente, la materia discursiva.

LA HUELLA COMO SIGNO VITAL

«Por más desnudo que aparezca, cada acto teatral es ficción», escribió Anne Ubersfeld[6].  Sin embargo, en la obra que analizamos, la ficción no remite exactamente a un universo de experiencia imaginaria. En Que revienten los artistas, Kantor se presenta a sí mismo rodeado de los personajes de sus obras precedentes, y es su vida teatral la que en escena se presenta. Se podría decir que la ficción, de existir, habría de situarse en un plano suprarepresentacional, más allá del campo sígnico visible y formando parte de los fragmentos rescatados del inmanente olvido. Que revienten los artistas es un testamento artístico de  Kantor-artista, una proyección vital del autor dentro de la escena y con intenciones de trascender a su propia muerte.

Junto a Wilson, Kantor es una de las referencias fundamentales a la hora de establecer vanguardias estéticas teatrales dentro del siglo XX. Uberfeld escribiría -refiriéndose a Robert Wilson-: «La fábula no es nada: todo debe ser acontecimiento escénico y la ficción se desvanece en el presente de la representación»[7]. Algo similar podríamos escribir sobre esta obra, en la que el influjo representacional está llevado hasta las últimas consecuencias, de manera que la obra de arte compleja (en la que ha de incluirse al autor y también a los actores) es al mismo tiempo contenido y continente metonímicos. El resultado se configura como un peculiar modo de representación, un ready made superobjetual y supersubjetual que se sitúa en un lugar extratemporal y extracotidiano, no representable.

Para entender esta idea necesitamos remitirnos a la auténtica vocación artística de Kantor y su amplio conocimiento de la evolución de las artes durante todo el siglo XX. De la misma manera que Duchamp, Kantor sacraliza los objetos y los sujetos. Si Duchamp infería el concepto arte en la escultura al ubicar el objeto cotidiano en el espacio artístico, Kantor sacraliza su propia vida escultórica al situarla en el espacio teatral. Incluso la reproducción en vídeo sobre la que se realiza el presente análisis trasciende la idea de simple documento, para cargarse de sentido parabólico y biográfico.

Escribe Kantor: «La finalidad es crear en el escenario no una ilusión (lejana, sin peligro) sino una realidad tan concreta como la sala. El drama no tiene que pasar en el escenario, sino suceder, desarrollarse ante los ojos del espectador. El drama es un devenir. Hay que crear la ilusión de que el desarrollo de los acontecimientos es espontáneo e Imprevisible»[8].

Barthes dijo sobre las grabaciones en vídeo de las obras de Kantor que estas «son mucho más que otra cosa, huellas que expresan la muerte», o expresado de otro modo: certificados de presencias no visibles.[9] (Lo esencial es invisible a los ojos, podríamos decir, parafraseando la famosa frase de El principito, de Saint Expeury).

El teatro de Kantor, y en particular esta pieza, tiene su origen en la emoción, en la emoción personal del propio Kantor,  y logra a través de la conmoción la revivencia de la memoria, la escritura escénica como lugar de remanencias, la huella como «temblor del tiempo», como diría Barthes.

También Santiago Trancón, en su tesis doctoral Texto y Representación, una teoría crítica del teatro, observa: «Opuesto a todo tipo de realismo o naturalismo sobre el escenario, Kantor quiere convertir a la escena en algo más real y vivo que la propia realidad».

Aún más: En especial en esta obra, El proceso se sitúa por encima y por delante de la acción. Basta recordar las palabras recogidas por el diario El País (05 /03 / 1986) en boca de Kantor:  «En el teatro tenemos que buscar las obras, la escena, pero no se dan cuenta de que el teatro es la obra de arte única para todo el teatro, para toda la vida. La obra de arte debe construirse». En efecto, la investigación teatral llevada a cabo por Kantor a lo largo de su vida, parece no sólo no tener un desenlace, sino que en esta pieza se reivindica como proceso inacabado, construcción mental dubitativa que incide, más que en el signo, en la huella.

LA COHERENCIA, ARTEFACTO ESCÉNICO

Se ha dicho de Kantor que todo lo que tocaba poseía una remarcable coherencia. No sólo la escenografía, en la que se aprecia visualmente un sentido unitario, también los movimientos escénicos, el juego de los actores y los textos que estos pronuncian se encaminan hacia la construcción de una unidad perfecta desde el punto de vista sígnico y estético.

La semiótica teatral contemporánea, si atendemos a autores de gran prestigio internacional, como es el caso de Marco de Marinis, indagan en esta coherencia a través de la conjunción de elementos escénicos y extraescénicos en el proceso de formación semántica. El nuevo teatro no busca ya producir un efecto en el espectador sino una experiencia inédita, no tanto como reflejo o imitación de la vida cotidiana sino como intensificación de la propia vida, en una labor en la que intervienen tanto los actores como los espectadores y que trata de cuestionar integralmente al ser humano dentro de la naturaleza y del cosmos[10].

La coherencia, sin embargo, no va unida en Kantor a la idea de composición. Como veremos más adelante, tal composición no existe desde un punto de vista convencional sino que se deja al azar del propio proceso creativo. La coherencia, entonces, no es una cuestión formal, de estructura, sino esencial y estética, tendente a crear una obra de arte compacta a través de la ligazón de las partes –no necesariamente conexas-.

El objetivo no es otro que la creación de un cuerpo-artefacto escénico dentro del cual sean capaces de transitar los actores y también el público sin necesidad de puentes entre las partes.

LA IMAGEN ESCÉNICA COMO DRAMATURGIA

Aunque no es extraño que Kantor elija espacios no necesariamente teatrales, lo cierto es que esta representación fue llevada a cabo mayoritariamente en teatros convencionales y escenario a la italiana, como es el caso que nos ocupa. Más que el espacio teatral, las preocupaciones de Kantor giran en torno a la búsqueda de una forma pura, descontextualizada del lugar en el que se enmarca, de acuerdo con las teorías preconizadas en los años 20 del siglo XX por el también polaco Stanislaw Witkiewicz.

En Que revienten los artistas, la función dramatúrgica del espacio escénico es fundamental, de hecho podría decirse que constituye la auténtica partitura escénica a través de la cual se mueven los personajes y se producen las acciones.

El espacio de la emoción y espacio escénico coinciden físicamente gracias a la presencia del propio autor-director: Kantor, quien ocupará un lugar fijo, un punto “ciego” dentro del escenario. Será su inmutabilidad y las continuas referencias a este punto lo que lo conviertan en una ostentosa señal de identidad.

Se utiliza un espacio mental cerrado y rectangular, ligeramente más estrecho al fondo, donde justo en el centro existe una puerta por la que entran y salen todos los personajes, salvo el que llamaremos “muerto primero” (minuto 3 del vídeo) que abandona el mundo escénico por un lateral.

La puerta realiza una función figurada de apertura dentro de los cajones de la memoria. Es el propio Kantor desde escena quien extrae los cajones y los presenta al público con naturalidad y auténtico desorden. La puerta será, por lo tanto, la frontera artificial entre el espacio escénico propiamente dicho y el extraescénico. Su posición central al fondo marca un lugar preponderante en la atención del espectador, que no podrá sustraerse a las constantes entradas y salidas. La puerta no es una puerta estándar, es una puerta “en construcción”. De alguna manera hemos de comprender que esta puerta es también la que da acceso a la creación artística.

El espacio escénico será utilizado al completo, dejando en negro (invisibles o vacías) todas aquellas zonas inaccesibles a los actores, por ejemplo las paredes. Conocemos las delimitaciones espaciales a través de los elementos y de la luz que visibiliza el espacio habitado, pero no a través de la escenografía –propiamente dicha-.

La trayectoria de los actores (en diagonales, líneas rectas frontales, disturbio de líneas, etc.) conforman espacio, y a su vez son hacedoras de dimensiones espaciales por las que transitan los personajes. De modo que el espacio visual estará configurado en muchos momentos por los propios actores. Este paisaje humano creará muros (gente alienada al fondo de la escena) o líneas imaginarias de separación a través de la circulación de un elemento (avance de tranvía de mano y caballo).

Es importante señalar los materiales empleados en la realización, tanto de la escenografía como  de los elementos que irán apareciendo. Estos se reducen a madera y telas. La madera realiza aquí una doble función no casual y alegóricamente contradictoria, pues es el material con el que se realizan las cajas (los ataúdes y los cajones) y a su vez es el material con el que se fabrican los juguetes (aunque también las cruces improvisadas y las espadas de los niños).

Los colores utilizados son opacos, salvo en el caso de los soldados de plomo, en los que hay un irónico camuflaje (además de una escala invertida: los soldaditos son mucho más grandes que los niños que juegan con ellos).

Las transformaciones dentro del espacio escénico acontecen de varias maneras. Por una parte, a través del juego: la movilidad de elementos estáticos (cruces) impone un capricho dentro de la búsqueda ordenada de marcas, lugares en la memoria dignos de ser rescatados; o a través del genuino movimiento de los artefactos, que irán trazando espacios secundarios (subespacios de transición).

La interpretación actoral va ligada estrechamente a los elementos escénicos visuales (esculturas, ropa y luz –fundamentalmente-). Por ejemplo, el movimiento de los soldaditos de plomo (actores) corresponde a una gestualidad propia de los soldaditos de plomo (muñecos) presentes en el escenario (y ausentes pero habitando la memoria).

La iluminación está muy matizada y es de una gran sutileza, aunque en el vídeo no se aprecia claramente. La luz en esta obra está ligada al tiempo escénico de manera unívoca, constituyendo no sólo un lugar continuo sino un tiempo continuo subjetivo. La presencia del propio Kantor dirigiendo la escena impide que se realicen concesiones ficcionales a través de la iluminación. El tiempo de ensayo no es interrumpido, y sólo mediante calidades anímicas (de temperatura) se logran transiciones emocionales.

A través de la composición de las sombras (bien definidas y casi de la misma dimensión que los actores) podemos adivinar una predominancia zenital en 45 grados, que variará de sentido según la escena pero que en todo caso tenderá a acentuar la expresión, las sombras en el rostro, apoyando el modo de interpretación ligeramente expresionista que pervive en la escena de principio a final.

En cuanto al vestuario, hemos de advertir la fuerte simbología cultural y autoreferenciada de los trajes. Así, el uniforme actúa como símbolo de uniforme, dejando de ser uniforme gracias a su uso teatral. La significación se realiza a través de la designificación de los elementos culturales. Es la vestidura lo que hace al personaje, su envoltorio lo que sustituye su ser.

La ropa, en consecuencia, fabrica no sólo personalidades sino también seres. Se es algo en cuanto se está dentro de ese algo.

Los colores del vestuario (el negro en la mayoría de los casos) nos señalan la uniformidad invisible, la sincronía afásica de la vida (a través de la propia muerte), en contraste con la muerte real y de blanco (también presente en escena).

Las telas, con fuerte prestancia, ahondan en la textura rígida, acartonada de la acción.

Pero si el vestuario es revelador, aún más lo será la desnudez (de piel muy blanca del hombre sin vida que es amortajado). La desnudez apenas dura unos instantes y rápidamente es ocultada por las convenciones culturales, referenciales, que la memoria nos devuelve.

De fuerte impregnación dentro de la interpretación tendríamos al maquillaje actoral. El maquillaje actúa como máscara velada, dentro de la aexpresividad emocional que se le impone a los personajes (a favor de una interesada emocionalidad de orden superior, y que corresponde al conjunto de la escena, su esencia y transfiguración).

Kantor utiliza una estética propia y reconocible en la que la imaginería juega un papel constructor de primer orden. Este desarrollo plástico configura el mundo mental -en perenne construcción- de Kantor.

ACCIÓN: TEMPO Y RITMO

Al tratarse de un teatro que surge de la emoción, la génesis de la acción conlleva una gnosis o autognosis que invadirán la acción en todo momento.

Nada sucede si no es a través de la consciencia presencial del actor. El actor, más que actuante que interpreta una acción, se deja llevar por la acción, se desenvuelve en ella, la origina y le da final, pero también en ella se desvanece.

La historia se historiza, se autoconstruye en cada función. Y aunque es evidente la existencia de un guión preestablecido –que se fue estableciendo a medida que avanzaron los ensayos y las representaciones-, este guión no marca un desarrollo secuencial ni fragmentario de los hechos, pues estos hechos acontecen, se viven o reviven en el escenario.

El tiempo de acción corresponde de tal manera al tiempo de representación; si bien internamente predominará el tiempo subjetivo. No sólo aquel que cada espectador sea capaz de percibir como suyo propio sino el tiempo subjetivo que domina el “infierno de la ironía”, un tiempo no lineal, con frecuencia repetitivo -e incluso invertido- que a veces se condensa y otras veces se extensa (los personajes repiten acciones regresando a un punto mnemotécnico concreto, entran los móviles y vuelven a entrar del mismo modo, los gestos se devuelven y recomienzan, etc.).

También el ritmo sigue una lógica desjerarquizada, más tendente a realizar una función interpretativa –dentro de la ironía, el juego o la composición plástica- que a seguir una sintaxis poética. Es a través de la no poesía como Kantor llega a crear un lenguaje rítmico-visual acorde con sus intenciones (de forma análoga a como sucede en la poesía concreta, antirepresentativa pero autorepresentativa de Apollinaire).

Este ritmo que construye por sí mismo la poética formal de la acción tiene su influencia en el lenguaje, situando su sentido y su valor incluso por delante de la semántica (no importa tanto lo que dicen los personajes como la “gestualidad” de lo que dicen, el ritmo y la evocación sonora de las palabras). De hecho, nunca escondió Kantor la influencia del futurismo.

De igual modo, el ritmo estará presente en los movimientos de los actores no tanto como parte de una coreografía simple sino de una coreografía paradójica: La asincronía entre lenguaje musical y cinético influye en el desarrollo actoral a través del espacio, caracterizado este de una apariencia desordenada y caótica, aunque dentro de una precisa y puntual maquinaria.

Con frecuencia, los ritmos se solapan y crean varios niveles de interpretación (escena de hombre muerto que visten y desvisten mientras otro grupo mueve la cama y a la vez que el propio Kantor realiza sus pequeños movimientos de aprobación).

La tragedia persiste dentro del azar, y es la danza de la muerte lo que subyace (la muerte, que de manera tan tenaz acude en las obras de Kantor), y también la locura de los ejércitos desposeídos de ánima, o de los cuerpos animados por la posesión automática.

Los silencios fundamentan en algunos casos estos ritmos atonales de la escena. En ellos, la nada se realiza bajo la complicidad del propio público, al que se le hace cómplice no tanto de la acción como de la no-acción (por ejemplo, cuando el cura recoge la ropa del muerto, y sale, pero antes de salir se detiene un instante y saluda brevemente).

El silencio a su vez es duda, y añade suspensión a la construcción, la obliga a pender en la incertidumbre, la convierte en inacabada e imprecisa.

LA CONSTRUCCIÓN SIMBÓLICA DE LOS PERSONAJES

Según Carmen Bobes Naves[11], la presentación de personajes no depende sólo de procesos miméticos o de conocimientos psicológicos, sino que es un montaje en el que cada uno cobra nuevos sentidos por oposición a los otros con los que forma el conjunto de actuantes. En esta disposición por capas, a veces paralelas, otras superpuestas, la personalidad representada tiende a configurar una realidad compleja. Esto viene a decir que en toda construcción de personaje existe un trabajo de “copia”, en el que la propia personalidad del actor actúa como mano que modela el barro de lo imaginario –aquellas características físicas y mentales que se le suponen al personaje-, pero no de una manera lineal, sino a través de un proceso de interacción y de lucha mediante la creación de signos verbales y no verbales, hasta conseguir que la interpretación quede adherida a la piel del actor, es decir: que sea creíble.

Ahora bien, en el trabajo de Kantor, y especialmente en la pieza que nos atañe, la mímesis posee un valor simbólico autoreferencial, por lo que el trabajo de construcción de personaje ha de entenderse sobre la personalidad del acto y no sobre elementos ficcionales extraídos de una escena pre-construida. Esto se explica de la siguiente manera: son las personas (actores) quienes aportan la materia en la elaboración del personaje de una manera hiperbólica, significando aquellos rasgos propios (personales) que darán lugar a los rasgos estereotipados que marcan la gestualidad, tono de voz e incluso texto dentro de la obra. La intencionada confusión entre persona y personaje tiene su origen en el hecho de que los actores elegidos por Kantor no separaban su actuación de su vida (dentro-fuera de la escena), estando la elección, además, determinada por los rasgos personales que Kantor había observado en ellos, con frecuencia de manera accidental.

Aún así, y pese a la ambigüedad de la que se parte, también es cierto que el espectador no tiene por qué conocer la realidad de origen, por lo que percibirá en todo momento una interpretación, y no una presentación –como hubiera ocurrido de tratarse de un acto de performance-. El profundo carácter vivencial de los actores nos dirige hacia una estética de la presencia, en la que no hay personajes ausentes, ni referidos; pero sin renunciar por ello a la labor de construcción psicológica, la cual se realiza sobre la psicología del actor y no del personaje. Es en este sentido en el que hablamos de interpretación y no sólo de presentación.

¿Pero entra dentro de esta lógica el propio personaje Kantor que como actor-director, está presente en el escenario? Para Fernando del Toro[12], la creación del autor-personaje en Kantor es diegética y en gran medida está narrada o simbolizada (una vez realizado el ejercicio de abstracción global) a través del resto de signos presentes en la escena. Es decir, Kantor fue y es todo aquello que ocurre y va a ocurrir (la continua muerte del personaje en la cama, el niño que desplaza los soldados, el propio esqueleto-caballo) y entre estos elementos y su autor (entre creación y creador) pervive un diálogo constante dentro del tiempo real de la representación, estando ambos influenciados mutuamente, de tal manera que la variable hic et nunc deja de ser una constante y se proyecta también hacia lo que ha de ocurrir.

En este sentido, el fragmento seleccionado, y también toda la obra, podría ser considerado como un acto permanente de sacrificio, un ritual de la muerte continua, en el que los actores exponen física y emocionalmente su yo más profundo, para destacar una innegable dimensión metafísica a través de la realidad física del actor: el actor no actúa sino se actúa, se suicida para ser otro, se descompone como persona para componer un personaje en su aspecto más simbólico. Frente a la estética de lo postmoderno, Kantor realiza un impresionante ejercicio de vanguardia, al incidir en el sentido profundo del mensaje dentro de la pluralidad sígnica presente, de la que no escapa la propia construcción de personajes. Así entendido, el campo sígnico en el que se mueve la obra de Kantor se sitúa más dentro del happening que del teatro, como se desprende también de uno de sus escritos más reveladores: El teatro de la muerte[13].

Por otro lado, y desde un punto de vista formal, hay que tener en cuenta que Que revienten los artistas responde a una poética antinaturalista de la que no escapa la técnica interpretativa. Dentro de esta realidad escénica independiente del texto ha de entenderse el trabajo de disociación llevado a cabo, y que no tiene otro objetivo que afianzar el valor simbólico del conjunto frente a la «cáscara anecdótica del drama», en palabras del propio Kantor.

La desconexión entre palabra y gesto, entre movimiento y expresión, la desnaturalización de la interpretación, la aparente ausencia de carga emotiva en los personajes, serán precisamente las arma con las que contará Kantor para lanzar al espectador a una vivencia tremendamente experiencial y conmocionante.

Pero todo no se realizará de manera casual, el trabajo de disociación en el actor responde a técnicas corporales y dramáticas teorizadas desde el campo del teatro físico por E. Decroux. Según esta técnica, toda acción física del actor en escena podemos decir que se compone de micro acciones físicas que sirven al actor como soporte y material para la interpretación. Estas micro acciones corresponden al ámbito de la pre-expresividad, lo cual supone para el actor una práctica y asimilación de principios físicos tales como la gravedad física y la resistencia,  el contrapeso físico y la relación cuerpo y pensamiento que han de lograr una biomecánica de la acción, una organicidad y un dinamo-ritmo en las acciones físicas.

Esto queda evidenciado, por ejemplo, a través de la relación de los soldados con el suelo del escenario (minuto 16 del vídeo).

En la caracterización del personaje, además, ayudan en gran medida los objetos, o atributo que resumen la historia de su vida (un sombrero, un collar, unos zapatos…)  Los objetos, como se verá más adelante, son de vital importancia en el teatro de Kantor. Pero también para sus personajes (actores) pues los objetos conservan las huellas de sus propietarios.

PERFORMATIVIDAD DEL DIÁLOGO

Parafraseando a Austin, «llevar a cabo un acto al decir algo es diferente a realizar el acto de decir algo»[14]. Las fuerzas ilocucionarias, como el propio Austin las denomina, distinguen entre el acto locutivo (decir algo), acto ilocutivo (hacer al decir algo) y acto perlocutivo (efectos que provoca el decir algo).

Si atendemos a esta terminología, podemos observar que predominan claramente las características ilocutivas y perlocutivas frente a las propiamente locutivas, e incluso sin la necesidad de la existencia de claro sentido dentro de la locución. Es decir, nos encontraríamos ante actos de palabras que utilizan la palabra como signo adyacente y no central dentro de la acción.

Si la pragmática distingue entre enunciado (acto locutivo) y oración (forma gramatical que toma el acto locutivo), observamos una debilidad del enunciado frente a la potencia de oraciones perfectamente construidas. En el minuto 10 del vídeo podemos ver cómo un actor habla con su doble dentro de una escena en la que con ostentación cobran fuerza los signos no verbales. El diálogo entablado no trata de establecer un acto comunicativo dentro de los esquemas tradicionales que distinguen lo que tiene sentido de lo que no (absurdo)  sino de entablar una conversación de sonidos, en la que el significado se sitúa precisamente a nivel puramente sonoro.

Esta característica dentro de los diálogos de Que revienten los artistas no es lúdica sino que tiene una intención deíctica, en el sentido de que pretende señalar (acentuar) cuestiones humanas dentro de la alegoría. La conversación entre iguales denota una proposición de pérdida de fuerza del sujeto y de su identidad, sin necesidad por otra parte de la existencia de discurso.

Uno de los filósofos del lenguaje que mayor ha indagado en esta dirección es Paul Grice. Él estudió el significado lingüístico del sonido, desarrollando la noción del significado lingüístico en términos de significado del sonido[15].  Para Grice, la inferencia, es decir, la capacidad del espectador de comprender el mensaje, puede acontecer siempre y cuando el sonido sea inteligible.

¿Pero en qué términos son inteligibles los sonidos verbales y no verbales en Que revienten los artistas? Si examinamos con detenimiento los diálogos, es lo paraverbal lo que realmente está determinando la legibilidad del código. El sonido lingüístico no es el portador de significante sino la intención, la forma en el que el sonido se emite, incidiendo en la capacidad del espectador para reconocer el significado íntimo, abstracto, del sonido. Estaríamos ante una revalorización de lo conativo frente a lo declarativo hasta el punto de que la deformación conativa de carácter expresivo se erige como signo de signos que de manera envolvente encierran un sentido, una intención emocional.

CAPACIDAD KINÉSICA DE LO CORPROAL Y OBJETUAL

En El Otro por sí mismo, dice Baudrillard: «El objeto es un fait accompli. Carece de finitud y de deseo, porque ya ha alcanzado su fin, en cierta manera es transfinito. Inaccesible, por lo tanto al saber del sujeto, porque no existe saber de lo que ya posee todo su sentido; por consiguiente, no hay utopía porque ya se ha realizado. En ese punto, el objeto es un enigma permanente para el sujeto. En ese punto es fatal.» [16]

Los objetos nacidos en el movimiento dadá de principios de siglo XX tuvieron en Kantor el más importante artífice de su traslado a la escena. Desde que se conoció su trabajo en y fuera de Polonia los críticos catalogaron las escenografías de Kantor como referentes dentro de las artes visuales. Pero los objetos en el imaginario Kantor no sólo son esculturas, todos –tanto aquellos que podríamos catalogar como útiles como los inútiles- están diseñados para ser manipulados y encuentran su verdadero significado a través de la manipulación.

Incluso los antiobjetos responden a esta lógica (en terminología etnopsiquiátrica un antiobjeto es aquel que produce energía negativa sobre quien lo posee, mira o maneja[17]). Es más, los antiobjetos que se observan, aquellos que llevan implícito un estigma negativo dentro desde un punto de vista cultural (sábanas blancas sobre los cuerpos fallecidos, el caballo de la muerte y de la guerra, cruces plantadas en el suelo, etc) adquieren y extreman su valor simbólico a través del despliegue escénico y su manipulación ritual.

Pese a que Kantor manifestaría en varias entrevistas públicas y manifiestos su rechazo al constructivismo e incluso el arte dadá, por considerarlo improductivo, lo cierto es que Kantor es continuador de los principios de la vanguardia, en el sentido de que «la libertad absoluta debe de ser el más alto valor humano y el objetivo del arte».

Dentro de esta intencionalidad emancipadora, debemos entender la dialéctica sujeto-objeto que aparecen en muchos de sus trabajos, en especial en el que nos atañe: Que revienten los artistas. El Objeto manipulado y el Sujeto manipulador se confunden en un mismo cuerpo, de manera que llega a ser el objeto quien domina al sujeto, al tener más peso la funcionalidad estética y el espesor sígnico del conjunto resultante (objeto + sujeto) que el individuo que domina la cinética objetual. Esto podemos observarlo sobre todo en la escena que abre paso al esqueleto de caballo (minutos 18-20) donde el aparente hieratismo de los actores responde a un concepto de ser manipulado, alienado por la Historia (el relato acontecido de los hechos y que el público reconoce y rememora).

El assemblage domina la composición de los códigos proxémicos. La  hibridación y yuxtaposición de signos origina la metáfora del todo. Esto tiene un origen claramente expresionista: Es patente el influjo de  Mary Wigman, Kurt Joos y Rudolf von Laban.  Respecto a Laban, que dedicaría todos sus esfuerzos al desarrollo de la   danza absoluta, encontramos una herencia ideológica en los trabajos de Kantor, en los que a través de la férrea técnica formal se logra un complejo y rico movimiento expresivo.

En el teatro de Kantor, el objeto real, físico, artificial, irracional, encontrado, construido, perturbado o interpretado es sometido a una acción, a un procedimiento frente al público, por un sujeto (su manipulador) que a su vez pasa a ser objeto de manipulación exegética. Es decir, el personaje es representado por el objeto y el actor indistintamente y a la vez, con el objetivo de lograr una poten­cialidad expresiva reservada sólo al mundo objetual. Objetos y actores interactúan como si perteneciesen al mismo universo, el actor se deshumaniza en su gestualidad para acercarse a la dinámica objetual, en un proceso inverso al antropomórfico.

En algunos momentos, objetos y sujetos se transforman en autómatas, que se mueven por sí mismos al margen del factor humano adquiriendo un valor inquietante que da a la escena un valor trascendental. Los seres humanos pasan a formar parte de lo imperfecto, del mundo de la casualidad y de la exposición al accidente.

De nuevo las referencias anteriores son importantes: Gordon Craig afirmaba que la marioneta podía reemplazar al actor vivo. El hombre, creado por la naturaleza, era para él una injerencia extraña en la estructura abstracta de una obra de arte. Antes que él, Kleist también había exigido que el actor fuese reemplazado por una marioneta, por el papel nefasto del hombre sobre la belleza.

El arte no sólo produce conocimiento sino que la manera en que se produce su puesta en escena nos remite a un modo de entender la vida, el mundo y nosotros mismos[18].  Es en esta dirección hacia donde debemos enfocar la problemática del dualismo objeto-sujeto o el «objeto como modelo para el actor», en palabras del propio Kantor. La muerte y la nada que transmite una criatura simbiótica aparentemente viva pero privada de conciencia, provocan al mismo tiempo empatía y rechazo en el espectador. Es decir, la vida es expresada a través de la falta de vida.

Es en estas desdoblaciones escénicas entre objetos y sujetos donde debemos buscar para obtener claves en nuestro estudio cinético, entendiendo la composición coreográfica resultante como universo de interacciones entre los distintos elementos que se fusionan y aquellos otros (actores y objetos) que simplemente intermedian.

LA REALIDAD TOTAL

Según recoge Guillermo Heras en su texto Muerte en directo[19], aunque sin citar la fuente, Tadeusz Kantor escribió sobre Que revienten los artistas: «Todos vagaban desde el país de la ficción. Todos estaban muertos, volvían del país de los vivos, a este mundo nuestro, a este presente. La contradicción muerte/ vida correspondía en todos los puntos a la oposición ficción/ realidad».

Años antes, en los programas de mano de La clase muerta, que realizaría su gira por España en 1983, Kantor dejó escrito: «En el teatro, los únicos seres vivos son los espectadores».

Nos hallamos pues ante un teatro existencial, entendiendo el mundo al que se suscribe tal existencialismo al propio espacio teatral. Así, de manera paralela a como los filósofos existencialistas conciben  la existencia como modo de ser del hombre en el mundo, la existencia del actor en escena determina su ser.

La relación hombre-mundo tiene su paralelismo en una relación persona-teatro, constituyendo el teatro en consecuencia en el único mundo real posible desde el momento en que la función comienza.

Kantor llegó a considerar la realidad como la fundación del artista en su búsqueda de sentido; es por ello que en muchas de sus piezas, y en especial en Que revienten los artistas acontezca el equívoco de los sueños, latente por ejemplo entre los minutos 3 y 6 de la pieza, donde la aproximación a la realidad liminal (el limbo entre la vida y la muerte) se efectúa de manera sedimentaria a través de la permanencia en escena del cuerpo difunto que sin embargo pesa y siente la gravedad.

Según J.A. Sánchez, «Kantor recurre a la concreción como elemento decisivo del lenguaje escénico: frente a lo ilusiorio de la imagen fotográfica, la escena es capaz de reproducir una realidad tan concreta como la de la sala. Esto es lo que debe ser perseguido.»[20]

ESPACIO SONORO

De gran importancia para el desarrollo mismo de las acciones dentro de la escena. La música acaba convirtiéndose -a medida que la obra avanza- en una música incidental y serial, que envuelve al espacio escénico, adueñándose incluso de él.

De un aspecto rítmico concreto se pasa a un ritmo general de la acción, a una composición general a través del trasfondo sonoro (en su íntima conexión con lo sensorial).

El recurso de voces y sonidos grabados, circundan la extracotidianeidad, incluso la confieren de sentido aislado, leve, asemantizado.

BREVES CONCLUSIONES

Escribió Kantor: «Considero el texto (hablo de texto elegido, encontrado) como el objetivo final. Es como esa casa perdida a la que se vuelve, como la ruta que se recorre. Esa es la creación, el espacio libre del comportamiento teatral»[21]

Para Kantor no puede existir un drama previamente configurado antes de la creación del espectáculo y sus obras son un torbellino de la acción pura. En ellas nada es común o cotidiano, pues por encima de la realidad de los personajes, la obra se encuentra atravesada por una historia personal, y también universal, que afecta al espectador no desde la historia ficcionada -o de recreación de una realidad- sino a través de la rememoración, la revivencia transfigurada de las profundas emociones sociales (que el actor deja fluir mediante la no-emoción aparente).

Terminamos con un fragmento de Tadeusz Kantor perteneciente al manifiesto  Los clichés de la memoria:

«En la cámara de la imaginación y de la memoria viven personajes humanos. No, sería mejor decir que han sido “depositados” allí. Sería mucho más sencillo decir que están muertos, que no pertenecen a nuestra vida diaria. Tratan desesperadamente de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o su miseria. Sólo les quedan palabras inútiles, letanías recitadas sin fin y sin esperanza. Han hecho un alto en el camino para llegar al fin, agotados, a este Albergue de la Memoria. No son capaces de reconstruir una determinada acción. Son como ruinas de acontecimientos pasados. Hoy, en este pobre Cámara de la Imaginación, se han encontrado con las cruces de un cementerio de pueblo, como si yo estuviera buscando otros secretos que los antiguos, los más lejanos. El humor burlón y la ironía no me dejan. Con un gesto de humor negro, con una carcajada de bufón, me sirvo de las mistificaciones del circo, de los procedimientos sospechosos de la vileza. Para conseguir la paz, puedo conseguir la paz, puedo incluso llamar a esta habitación “El depósito de cadáveres del cementerio” o, si no, “El albergue de la memoria”. He contratado, incluso, a un lúgubre propietario para este local».

APÉNDICE: TRANSCRIPCIÓN DEL MINUTO 1 AL 18

Kantor sentado en una silla da la señal de comienzo. Entra un cura a través de una falsa puerta con una maleta. Se golpea en la cabeza, abre la maleta, extrae un gorro de oficial militar, se dirige a la puerta, duda, da unos pasos hacia el público y se cuadra ante él. Se tambalea, de nuevo duda, mira a Kantor, corre de nuevo hacia la puerta. Antes de salir, cierra su maleta y se la lleva.

Inmediatamente vuelve a entrar, acompañado de otros personajes de negro, parecen buscar algo o a alguien, recolocan las cruces. Detrás de ellos entra un hombre ataviado con una túnica negra. Lo desnudan de cintura para arriba y quitan sus zapatos. Su cuerpo está muerto. Algunos de estos personajes lo transportan a modo de figura yaciente  mientras le quitan los pantalones, lo posan y levantan de nuevo. Acaban de amortajar el cuerpo (dos chaquetas y dos bufandas de color claro, y un sombrero negro). El cuerpo se tambalea.

Uno de los personajes, más observador que el resto, se dirige hacia el cuerpo del hombre, mira y espera las órdenes de Kantor. Kantor asiente. Este personaje certifica el “peso muerto” del hombre.

Los personajes empujan al hombre. Suena música nostálgica. El hombre comienza a andar torpemente, como un muñeco. Está descalzo. El sombrero tapa su cara. Llega hasta el proscenio. Da media vuelta, se dirige hacia Kantor, se detiene brevemente delante de él. El cura desfila tras el hombre. Cuando el hombre desaparece, el cura sigue desfilando. Al fondo de la escena se encuentra alineados el resto de personajes, tienen el sombrero en sus manos.

El cura corre para comprobar que el hombre ha desaparecido, avisa, los personajes se colocan el sombrero y distienden, desordenan la composición. Salen todos. El cura recoge la ropa del hombre, sale también.

Entra un nuevo personaje, con aspecto más vivaz que los anteriores, que habla mientras recoloca las cruces. Hace la cama. Dirige sus palabras a Kantor, se ríe. Kantor hace un gesto de extrañeza. Sonidos de pasos subiendo unas escaleras.

Entra anciana con velo y paraguas cerrado. La mujer reza (casi cantando). Este rezo es acompañado por otro de origen indefinido (sonido de templo). La mujer se sienta.

Entra un nuevo personaje caminando de puntillas, y con claros gestos tendentes a la mímica y la exageración. Tose, saca un pañuelo.

Entra un personaje idéntico al anterior. (El uno reconoce al otro). (El otro dale detrás del uno, vuelve a entrar en escena). (El otro entra). (El otro reconoce al uno).  Los dos salen y entran reconociéndose y caminando de manera extravagante.

Los personajes se confunden, ya no se sabe cuál es cuál. Uno de ellos se tumba en la cama. El otro le tapa. La mujer se acerca.

Toses ciertas y grabadas. El personaje tumbado muere y revive una y otra vez durante algunos instantes, hasta “morir” (“busecheck”).

Acompañado de música entre fúnebre y militar, entra en escena un móvil (artefacto de madera) conducido por un pequeño personaje vestido de militar (ruso). Avanza en línea recta hacia el público, cuando llega al límite, se gira lentamente hacia Kantor. El vehículo retrocede. Kantor lo despide.

El vehículo regresa a escena (un personaje le abre la puerta). Esta vez va seguido de un militar “niño” y de otros soldados con traje de color plomo.

Los soldados de plomo se mueven como soldados de plomo, caen y se levantan. Uno de los niños-soldado empuja a los soldados de plomo.

Los soldados recomponen un desfile al final del escenario. El móvil con el niño más los soldados avanzan al frente.  Los soldados están cargados de medallas.

Se dividen en dos frentes, uno a cada lado del escenario. Es entontes cuando entra en escena un nuevo elemento escultórico: El esqueleto de un caballo montado por un soldado. Breve coreografía de los soldados alrededor del caballo.

La música es casi triunfal.

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[1] Sobre la base emocional de la experiencia como espectador en Teatro Olimpia de Madrid (05/03/1986)

[2] FISCHER-LICHTE Erika. 2000. Semiótica del teatro. Colección Perspectivas, Madrid , Ediciones Arco libros, p.634.

[3] BOGATYREV P., 1971. Les signes du théâtre, París. Poétique.

[4] GRZIB Gabriela. 1999.  Psicología general. (Capítulo VI. Teoría de la percepción directa de Gibson). Editorial Ramón Areces, p. 210.

[5] HORMIGÓN Juan Antonio. 2002. Trabajo dramatúrgico y puesta en escena. Madrid. Publicación de la ADE.

[6] UBERSFELD Anne. 1998. El objeto teatral en la escuela del espectador, Madrid, Ediciones de la ADE, p.127

[7] UBERSFELD Anne. 1981. Lire le théatre 2, Paris, Editions Sociales. p.295

[8] KANTOR Tadeusz. 1984, El teatro de la muerte, Buenos Aire,. Ediciones de la Flor. p.17-18

[9] BARTHES Roland., 1990.  La cámara lúcida, Barcelona, Paidós,

[10] DE MARINIS Marco. 2000. Comprender el teatro, Buenos Aires, Galerna,

[11] BOBES NAVES M.Carmen. 1988. Estudios de semiología del teatro, Valladolid. Aceña editorial. p.92 y 93

[12] DE TORO Fernando. 2008. Semiótica del teatro. Del texto a la puesta en escena, Buenos Aires. Editorial Galerna.

[13] KANTOR Tadeusz. 1984. El teatro de la muerte, Eds. De la Flor.

[14] AUSTIN J. L. 1971. Palabras y acciones: Cómo hacer cosas con palabras, Buenos Aires, Paidós. p.65.

[15] NEALE Stephen, Paul Grice and the Philosophy of Language. Linguistics and Philosophy15, 5, 1992, pp. 509–59.

[16] BAUDRILLARD Jean, 1997. El otro por sí mismo. Barcelona. Anagrama.

[17] NATHAN Tobie. 1986. La folie des autres. Traité d’ethnopsychiatrie clinique. Paris . Dunod, collection “Psychismes”.

[18] DUBATTI Jorge. 2005. El teatro sabe: la relación escena/conocimiento en once ensayos de teatro comparado. Buenos Aires .Atuel.

[19] HERAS, Guillermo. 2000.  Ojos de nácar; muerte en directo; sueños de California. Madrid. Teatro del astillero.

[20] SÁNCHEZ J.A. 2002. Dramaturgias de la imagen. Cuenca. Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha.

[21] KANTOR Tadeusz. 1984. El teatro de la muerte, Eds. De la Flor.

 

BLANCO TIZA (tres primeros actos) (texto teatral) 2009/06/17

Gardado en: textos teatrales — ortaet @ 1:29 pm

DRAMATIS PERSONAE
Persona
Hombre
Mujer

PRIMER ACTO

(Amanece en el rostro de la persona la primera sonrisa).
Me viene a la cabeza un paisaje que reconozco.
(A pinceladas el paisaje se reescribe).
Estoy aquí parado.
No sé si voy o vengo.
(Los pensamientos salen de la madeja. Hilos de voz).
Hace viento.
(No hace viento).
Unas hormigas cruzan el camino.
(No hay hormigas en el suelo).
Oigo unos pájaros llegar.
(No hay pájaros en el cielo).
Los pájaros van de sur a norte. Jamás paran, pasan de largo.
(Larga latencia).
¡Siempre llevo una tiza en el bolsillo!
(Imposible recordar cuándo fue la primera vez que hablar a solas fue como hablarle al público).
Cuando era niño me gustaba escribir con tiza los lugares.
(Las tizas con aristas ya no se fabrican, las tizas sólo son tizas).
También en mis zapatos.
Con mis zapatos llevaba las palabras de aquí para allá.
(Orgullo).
(Andares ligeros. Firmeza).
Eran palabras sin sentido.
(Una mano en la boca).
Eran palabras sin sentido.
(Una mano tapando la boca).
Eran palabras sin sentido.
(Una mano obstruyendo la boca).
Eran palabras sin sentido.
(Una mano entrando en la boca).
(Caída).
(Mirada a los ojos de la gente).
Pero no para mí.
Ha comenzado a nevar.
(Ha comenzado a nevar).
(Una muestra de nieve entre los dedos. Elevación corporal).
La nieve huele.
(Esta nieve no huele).
(Soplo).
No es nieve, es polvo de tiza.
(Asombro).
Una tiza llama a millones de tizas.
(El paisaje se paraliza).
Los árboles pierden espesura.
Las montañas se aplanan.
Los volúmenes desaparecen.
(Latidos).
Es el tino de los tiempos.
(Templanza).
Una tiza llama a millones de tizas. Estoy en un mundo de dos dimensiones.
(Presencia).
(Ausencias).
Soy apenas una línea en el espacio.
Transversal.
Oblicua.
Esperpéntica.
Divergente.
Quebrada.
Desmemoriada.
Tenue.
(La luz se descompone).
(Más tarde la luz se recompone con fuerza).

SEGUNDO ACTO

(Un hombre llega con un paraguas en la mano para hablarle a la persona)
H: Ya sabes lo que te ha pasado.
(La persona se reconoce, detiene su mirada en los zapatos, están escritas unas palabras que la persona borra)
H: Te avergüenzas.
(La persona mira al horizonte)
H: Arrancarías las raíces si pudieras.
(Respiración entrecortada)
¿Qué quieres de mí? (pregunta la persona al hombre).
H: En una hoja de ternura / las huellas dejaron en paz las vidas / se alejaron / abandonaron los zapatos que tenían presos los cordones / pétalos de soldadura / Ríos risas / Dentro de un grano de arroz / Por favor no grites / aunque te alegres / las espaldas dan la espalda / Penumbras / tenues lejanías / Más allá de tus ojos / dentro
¿Quién eres? (pregunta la persona al hombre).
H: En la piel / apenas oyes tu voz / Todo ha de quedar entre nosotros / No temas / el aire te respira / Las espaldas dan la espalda para navegar / reconstruyen la ficción evaporada / a fuerza de apoyarse / los besos / Aquí no hay esclavitud / Aquí no hay coltán / Aquí no tenemos que ir a la guerra cuando cumplamos seis años / Cumpliremos seis años
¿Qué buscas? (pregunta la persona al hombre).
H: Hemos llegado al límite / El límite nos ha sobrepasado / Se aleja / ¿Sientes el letargo? / Nos decimos adiós a pesar de tu soledad / en una hoja de ternura / un grano de arroz más allá de tus ojos / Los insultos se acarician / apenas oyes mi voz / la muerte real no existe / la muerte real transforma la materia en belleza / Ríos rosas ríen rotas
¿Qué ha pasado? (pregunta la persona al hombre).
(El hombre se aleja).
(La persona se acerca).
(El hombre se detiene).
¿Por qué estoy llorando? (pregunta la persona al hombre).
H: Has visto la imagen abrasada de un recorte. Acabas de recibir la noticia de la ausencia de ingravidez. Todos los seres de este mundo son asesinos. Tú lo serás cuando crezcas. No te reconocerás. Te tirarás por la ventana y te quedarás mirando de qué manera tu cuerpo se hace pedazos, se rompen sus frágiles huesos, se mutila a sí mismo hasta no quedar posibilidad de movimiento inútil.
No estoy seguro de estar comprendiendo (dice la persona al hombre).
H: Aún no has aprendido a leer con soltura
(El hombre desaparece).
(La persona lo llama desesperadamente).
(El hombre reaparece caminando a la inversa, sus pies avanzan mientras su cuerpo retrocede y su voz sale desde la nuca).
H: Crecerás pronto. No serás capaz de sobrevivir. No podrás luchar. No tienes capacidad para la lucha. Te conmoverá el sufrimiento ajeno. No podrás soportarlo. Te odiarás. No tendrás fuerzas para soportar las imágenes de la miseria. No serás capaz de quedarte quieto. Pero no podrás andar. Llegarán a tu puerta. Recibirás la injusticia en tus carnes y le darás cobijo. Llegarán a tu puerta. Acogerás la humillación en tus neuronas y la protegerás. Llegarán a tu puerta. Llegará y llegarán. Una noche a punto de dormirte, te cortarás las venas.
He fallecido (dice la persona al hombre)
(El hombre se gira /saluda a la persona /abre su paraguas / orificios lumínicos para dejar calar de ácida lluvia la ropa / Y de nuevo se gira / la garganta está sedienta de euforia / balbucea)
H: Fallaste.
Recuerdo que deseaba una bicicleta (dice la persona al hombre).
H: Una bicicleta. Tan sólo una bicicleta. Un mecanismo automático que no te hiciera pensar y que te llevara a ritmo de pedal y con luz de dinamo.

TERCER ACTO

SOLILOQUIO DE PERSONA
La planitud es inmensa. El universo conocido es plano. Se puede recorrer a saltos, dando vueltas, pisando a los que habitan la superficie. Llevo botas de acero. Es lo que nos han enseñado, a dar pasos metálicos, esta es la lección.
Por favor, pido que me sujeten al plano, que coloquen en mi pecho la armadura y me lancen al aire, como una peonza de cabeza contra el polvo. El polvo de tiza no es un invento, la cal petrifica los olores de los recuerdos.
No sé si voy o vengo. Estoy aquí parado. En mitad del vacío melancólico del silencio que desaparece sin envejecer después de un lento bombardeo grotesco inflado de placer para aplacar el hedor de la quietud miserable de la presencia.
Este jodido ruido interno me aterroriza.
El blanco es el color del pensamiento. Todo aquí es blanco. Todo aquí ha dejado de ser, tan sólo ha despertado, tan sólo pervive en el sueño de un grano de arroz. Esta luz fluorescente de amanecer artificial me impide sentir.
El blanco no es esperanza, es sordera absoluta, brutal pérdida de silencio.
(Pisadas a tientas).
(Movimientos vertebrados).
(Un sombrero cae).
(La persona lo coloca en su cabeza. La persona hunde el sombrero en el interior de su cabeza. Sensación de protección).
(La persona se tumba en tierra, retoza, rueda sobre sí misma).

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(texto teatral a fecha 01/Julio/09) (Julio F.Peláez)

 

el silencio DE GIOVANNI PAPINI (GOG) 2009/06/13

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Sin embargo, una semana después, compareció otro músico. Llegó a la puerta este del New Parthenon con un bagaje enorme de cajas. Le hice pasar. Era un boliviano con el rostro cincelado a cuchillo, dominado por una nariz en forma de puñal.

-He inventado -me dijo- la música del silencio. ¿Quiere usted ser el primero en oírla? -¿La música del silencio?

-Toda música tiende al silencio y toda su potencia está en las pausas entre uno y otro sonido. Los viejos compositores tienen todavía necesidad de estos recursos armónicos para sacar al silencio su secreto. He encontrado la manera de prescindir de la armazón superflua de las notas transformadas en sonidos y le ofrezco el silencio en su estado genuino de pureza.

Al día siguiente entré en la sala de música. En el fondo, unos veinte ejecutantes se hallaban alineados en forma de media luna en torno del podio. Tenían en las manos los acostumbrados instrumentos de todas las orquestas: violines, violoncelos, flautas, trombones. No faltaba tampoco el timbal. Todos estaban inmóviles, rígidos, fijos, tiesos, dentro de sus vestidos negros. Miré con más atención. Sobre las pecheras blanquísimas todas las cabezas eran iguales; cabezas enigmáticas de maniquíes de cera, de cadáveres artificiales. Los mismos ojos de cristal, las mismas bocas de carmín, la misma nariz rosada y ligeramente brillante.

El boliviano apareció en el podio y dio la señal de comenzar golpeando el atril con una larga varita blanca. Nadie se movió; no se oyó sonido alguno. Solamente el director se movía, mirando hacia arriba como si oyese una melodía que le era revelada a él solo. Luego se volvía a derecha e izquierda, miraba a los intérpretes espectrales y a sus rostros de cera, y marcaba con la batuta, ahora un pianissimo, ahora un presto, con leves sacudidas de hombros que hacían pensar en un fantasma en la agonía. Los cuarenta ojos de porcelana le miraban fijamente con expresión unánime de odio imponente.

Finalmente, el maestro, después de haber tendido por última vez, con la cabeza baja, sus grandes orejas encarnadas, se volvió hacia nosotros con una sonrisa de triunfo.

Me dirigí hacia él y arranqué de mi talonario un cheque que no me preocupé de llenar. A la mañana siguiente se marchó con sus cajas, muy alegre. Me dijeron que canturreaba entre dientes estos versos:

«Para marchar yo solo por la tierra no hay fuerzas en mi alma…»

Desde aquel día no quise más conciertos en mi casa.

Del libro de Giovani Papini: Gog (1931)

Descargar el libro:

papini

 

DE LA DIÉGESIS A LA MÍMESIS. MODELO ACTANCIAL 009876 2009/06/12

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En plena crisis un equipo de fútbol compra a un jugador de otro equipo por casi 100 millones de euros.
En plena crisis un equipo de fútbol compra a un ser humano de otro club por casi 100 millones de euros.
En plena crisis una empresa de ocio compra a un ser humano de otra empresa por casi 100 millones de eruos.
En plena crisis unos humanos ociosos compran a otro humano ocioso por casi 100 millones de euros.
En pleno ocio unos humanos en crisis compran a otro humano en crisis por casi 100 millones de euros.
En pleno ocio y en plena crisis los humanos se compran y se venden por casi 100 millones de euros.
En plena crisis, pleno ocio y mercado pleno, casi 100 millones de seres humanos se compran y se venden por un euro.

 

Si Müsham levantara la cabeza y viera cómo los viejos fantasmas recorren Europa… 2009/06/10

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Europa se quita la careta,
ya no lleva colorete ni polvos,
aparece tan repugnante como es,
tan gestera y fétida.
Arrojó con el corsé
los pechos postizos.
La gran ramera
despojada de buenas costumbres
lleva bayonetas a los costados.
¡Cierra la camisa, Europa! El espectáculo de tu desnudez
es veneno.
Carece de gusto.

¡Arde!

(Poema de MÜhsam)

Erich Mühsam (1878-1934) poeta y dramaturgo, nace en Berlín en 1878. En Munich forma un grupo local de la Liga Socialista de Landauer. En su revista Kain (1911-1914) propaga las ideas anarquistas. Partícipe destacado de la revolución bávara, es declarado culpable de alta traición en julio de 1919, y condenado a quince años de cárcel. Liberado en 1925, continúa su actividad anarquista hasta que es detenido en 1933 por los nazis, es llevado al campo de concentración de Sonnenburg donde es maltratado y torturado. Allí se le exige que se ahorque a sí mismo, pero los nazis no consiguieron que Mühsam accediera a sus propósitos, finalmente tuvieron que ser ellos quienes lo extrangularan.